Adam Smith fue un filósofo escoces, que fundó la economía política moderna a partir de la publicación de su ensayo La riqueza de las naciones. Se dice que es uno de los libros más importantes jamás escritos. Antes de esta obra Smith ya había publicado La teoría de los sentimientos morales en la cual desarrolla una teoría de la naturaleza de la moral, y los conceptos de simpatía -algo similar a lo que llamaríamos empatía en la actualidad-, virtud y el espectador imparcial, siendo este último una especie de consciencia que lleva todo hombre y que lo guía en sus actos, aprobando o condenándolos. En este libro, a su vez, ya distingue los roles del estado de los privados: el estado debe ocuparse de la justicia mientras que la esfera privada debe hacerlo del bienestar social, es decir, de las virtudes privadas y las relaciones morales entre los individuos.
Para Smith la peor enemiga de la propiedad y del gobierno era la nobleza latifundista, o mejor dicho la aristocracia rentista o mercantilista de nuestros tiempos. En ese sentido Smith ya había vislumbrado desde el siglo XVIII lo que serían los lobbies modernos: grupos de presión o agrupaciones que buscan influir en las políticas públicas en función a sus intereses, generalmente de manera subrepticia.
Sin duda uno de los conceptos capitales y quizás la principal contribución de La riqueza de las naciones a la económica moderna es el de la mano invisible. Si bien solo la menciona una vez en todo el texto, fue una metáfora genialmente elaborada en la historia de la economía. Es sorprendente que nadie se haya dado cuenta previamente que el motor del progreso es el intercambio libre motivado por deseos puramente egoístas. La famosa frase que vive imperecedera en este libro es “No obtenemos los alimentos de la benevolencia del carnicero, cervecero o del panadero, sino de su preocupación por su propio interés. No nos dirigimos a sus sentimientos humanitarios, sino a su egoísmo…”. En otras palabras, este orden espontáneo que es movido por el egoísmo canaliza los recursos de manera eficiente hacia el que los necesita a través de una mano invisible.
John Maynard Keynes, uno de los principales economistas del siglo XX y el hombre al que el filósofo Bertrand Russell señaló como “el hombre más inteligente que jamás haya conocido”, no estuvo de acuerdo al principio con la tesis de Adam Smith. El economista inglés pensaba -y se burlaba- de que Smith sostuviera que el capitalismo tenía su fundamento “en la asombrosa creencia de que los peores motivos de los peores hombres de una u otra manera laboran para obtener los mejores resultados en el mejor de los mundos posibles”. Su crítica es plausible pues nada nos puede hacer pensar que el egoísmo traerá prosperidad, no obstante, según el texto de Vargas Llosa, Keynes terminó aceptando esas tesis, al igual que Marx. Yo también terminé aceptándola una vez que leí la convincente explicación de Milton Friedman acerca de cómo se fabrica un lápiz: fabricarlo requiere una muchedumbre que colabora sin conocerse, a la distancia, sin hablar el mismo idioma, sin creer en los mismos dioses, y sin que uno tenga total claridad sobre lo que realiza el otro en la cadena productiva. Todos tienen un objetivo común, fabricar el lápiz, pero nadie en el mundo tiene el conocimiento de cómo lograrlo sin la colaboración de los demás.
Para el auto escoces los grandes enemigos del libre mercado son los privilegios, las prebendas, los subsidios, el monopolio, las prohibiciones y las asfixiantes reglamentaciones estatales; en otras palabras, la realidad económica peruana. Pero cabe hacernos la pregunta ¿Qué plantea el autor para suplir o sublimar la derrota de aquellos que no tienen la suerte de entrar en este frío mercado, es decir los pobres? Su respuesta es tajante; la educación, de tal manera que exista un terreno más homogéneo en la competencia de los talentos. Esta debe ser financiada por el estado o la sociedad civil para aquellos que no puedan acceder a ella. Vale recordar que dicho deseo se encuentra materializado en la Constitución Política del Perú en el artículo N°16: “Es deber del estado asegurar que nadie se vea impelido de recibir educación adecuada por razón de su situación económica o de limitaciones mentales o físicas”
Encuentro también un punto relevante en la advertencia de Smith sobre cómo el trabajo monótono estupidisa y aliena al trabajador, una observación cuya vigencia percibo claramente en el mundo laboral, desde los altos ejecutivos hasta los operarios de fábrica. Curiosamente Carl Marx tomó está reflexión sobre la alienación y la desarrolló en su obra El capital. Marx Argumentaba que en el capitalismo nos encontramos alienados, porque estamos sometidos a la lógica ciega del mercado y la acumulación, perdiendo así nuestra verdadera humanidad en el proceso.
Algo que vale la pena recalar del pensamiento de Smith es que las personas más beneficiadas siempre deben ser los consumidores y el conjunto de la sociedad, por encima de los productores y fabricantes. Sin embargo, la tragedia de nuestro tiempo es que, por su influencia, poder, y estatus legal, la mayoría de políticas públicas favorecen a las grandes empresas y en varios casos son diseñadas y propuestas por ellas, como veremos en el capítulo dedicado a Robert Reich y en la búsqueda patológica del lucro en el libro La Corporación (también en el documental homónimo de Joel Bakan).
Y aquí quiero hacer una digresión. Por lo que he observado en Perú, la valoración del consumidor y de sus asociaciones es diferente, o a veces inversa, al pensamiento de Smith. Me explico: cuando estudié el diplomado de defensa del consumidor en una de las más prestigiosas universidades del Perú – los alumnos eran todos abogados de prestigiosas corporaciones, salvo yo, que no había estudiado derecho- en ocasiones se trataba al consumidor como un “problema”, y a las asociaciones de consumidores poco más que sociedades interesadas que solo buscarían aprovecharse de los honorables deseos de “servir” de las empresas. Lo que luego concluí es que se enseñaba a proteger a las empresas de estas asociaciones, y no a proteger al consumidor de las empresas. La razón de este despropósito (lo entendí muchos años después), es la dependencia de los profesores hacia las corporaciones, siendo estas últimas las que ofrecen consultorías y puestos de trabajo a los primeros.
Un concepto importante que se teje a lo largo de La llamada de la tribu es el de la propiedad privada y su importancia para el desarrollo de un país; sin embargo, no cuestiona, ni explica de dónde viene, cómo se generó -o arrebató en algunos casos- esa propiedad en sus inicios, tema capital para entender las desigualdades actuales. Para ello habría que estudiar los sistemas de propiedad desde la colonia, y entender cómo se habría generado, asignado y heredado la propiedad en nuestra historia.
En el libro El Misterio del Capital – libro de cabecera para entender el valor de la propiedad en el capitalismo popular-, el economista peruano Hernando de Soto esboza una teoría del potencial de la propiedad privada como palanca para el desarrollo, pero no detalla la historia de dicha propiedad. Preguntas como ¿de qué manera se desarrollaron los grandes latifundios y las grandes haciendas? ¿Cómo fue pasando de mano en mano la propiedad desde la colonia hasta nuestra etapa republicana?
El filósofo escoses recalca también que los trabajadores bien pagados rinden mejor y que “con su prosperidad está garantizada la paz social”. Paz social dicho sea de paso que no podemos tener en el país pues la mayoría de sueldos son irrisorios. Y algo que parece un tanto inusual es que para el padre de la economía moderna los gremios tienen privilegios y deben suprimirse. ¿Qué dirían al respecto los gremios peruanos de haberlo leído? Algo que alaba es el estado pequeño y funcional, pues “deja trabajar a los ciudadanos y crecer la riqueza que beneficia al tejido social”.
Por todo lo expresado, el Perú no sería un país desarrollado sencillamente porque no está preparado a asimilar las grandes ideas de Adam Smith.
