La llamada de la tribu. Primera parte.

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29 de diciembre de 2025
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Mario Vargas Llosa escribió este ensayo con el fin de contar la evolución de sus ideas económicas y políticas. Lo hizo tardíamente quizás, en 2018, cuando ya tenía 84 años. No estoy seguro, pero debe ser el único libro en el Perú que ha sido escrito sobre las ideas liberales occidentales. Si bien sus siete protagonistas son inmensamente importantes para la historia de las ideas, debo señalar que los intelectuales reseñados en la obra de Vargas Llosa no están inscritos en el canon de los grandes pensadores de la historia que elaboraron por ejemplo Bertrand Russell en Historia de la Filosofía Occidental o Fernando Savater en La aventura del pensamiento, en los que encontramos a Kant, Hegel, Nietzsche. Exceptuando al filósofo español Ortega y Gasset, cuyo semblante y obra figura en ambos libros, los otros seis pensadores se enmarcan en la corriente del liberalismo moderno (tanto político, económico, social, cultural), aunque algunos contribuyeron decisivamente a otros ámbitos de la filosofía como es el caso de Karl Popper y su notable contribución a la filosofía de la ciencia. La llamada de la tribu es un libro valiente y lúcido, pero que entre líneas también, hay que decirlo, es un ensayo que contiene una crítica feroz al socialismo y comunismo del siglo 20, así como a los autores que según el autor promovieron estas corrientes filosóficas, como Carl Marx o Jean Paul Sartre.

¿Por qué el nombre “La tribu”? Para Vargas Llosa la tribu es ese atavismo que nos llama a permanecer juntos, a cuidar unos de los otros, y a respetar sin crítica ni remordimientos a la autoridad en ese conglomerado de personas que se subyugan a un mesías. El comunismo y socialismo representarían esa tribu moderna.

A la edad de 16 años el escritor peruano despertó a las injusticias sociales de su país, el Perú, en el que “una minoría de privilegiados explotaba abusivamente a la inmensa mayoría”. No obstante, esta preocupación no vuelve a aparecer en el resto del libro tan cristalinamente como en el prólogo. Lo que sí vamos a observar a lo largo del libro son halagos a la primera ministra Margaret Thatcher -la dama de hierro-, y al presidente norteamericano Ronald Reagan, ambos fundadores de las corrientes (neo)liberales en Inglaterra y Estados Unidos, respectivamente, a principios de los años ochenta[1].

Lo que me sorprendió al leer el prólogo -y es de mucho valor- es la aseveración de que en sociedades muy desiguales en las cuales las familias prósperas gozan de mayores privilegios y capital social (familia, amigos, contactos, cultura) es casi imposible surgir cuando se viene de una familia pobre. ¿Cómo puede afrontar este problema estructural el liberalismo? La respuesta que se proporciona en el libro es la igualdad de oportunidades, ya sea por edad, sexo, condición social, apellido, una premisa profundamente liberal. Vargas Llosa hace hincapié en la importancia de la igualdad cuando escribe “…aunque la nieguen las pequeñas pandillas de economistas dogmáticos intolerantes y a menudo racistas -en el Perú abundan y son todos fujimoristas-“. Más adelante en el libro Vargas Llosa llamará a estos economistas “sectarios e infantiles”. Con estas palabras transpira su desprecio hacia Alberto Fujimori (merecido o inmerecido) y todo lo que su dictadura habría representado para el Perú.

Al final del prólogo hace mención al término neoliberalismo -por única vez en todo el libro- acusando a los que lo usan como sinónimo de imperialismo feroz y capitalismo salvaje. El vocablo neoliberalismo, si bien no tiene una definición técnica ni corresponde a una escuela de pensamiento que se atribuya ese nombre, es un conjunto de políticas públicas que se dieron desde principios de los ochentas, y que consisten en disminuir el tamaño del estado, privatizar sus empresas, y disminuir los impuestos, políticas económicas que nacen principalmente de la escuelas económicas de Chicago y de Viena, cuyos máximos representantes son respectivamente Milton Friedman (con sus libros Capitalismo y libertad, y Libre para elegir) y Friedrich Hayek (Camino de servidumbre).

Del tren del liberalismo se han colgado economistas o economicistas sectarios, que creen (pero sobre todo quieren creer) que el libre mercado es un Dios que puede resolver absolutamente todos los problemas, noción que encuentra sus semillas en el pensamiento del norteamericano Milton Friedman, y más atrás, en el del escoces Adam Smith, padre de la economía moderna y autor del libro más importante en la historia de la economía La riqueza de las naciones. Vargas Llosa revalora la figura de Adam Smith no solo como el padre de la economía, sino ante todo como un filósofo moral, subordinando de esa manera la primera a la segundo; es decir, primero la moral, los principios, los valores, y luego la economía. Un pensador como Smith creía que la realidad debe enfrentarse con herramientas que pueden ir cambiando en el tiempo y con las circunstancias (“yo soy yo y mis circunstancias”, decía Ortega y Gasset), y que esta flexibilidad es el mayor activo del liberalismo. La tolerancia a nuevas ideas y nuevas formas de resolver los problemas es la base de la doctrina liberal.

El autor de La llamada de la tribu reivindica el valor de la educación pública y gratuita como el principal medio para promover la justicia social[2]. Del mismo modo alienta a que ésta se encuentre al alcance de toda la sociedad. Si bien no dice cómo lograr la justicia social, es valorable y reconfortante que un intelectual de la talla del nobel lo señale.

En el ensayo se reseña la vida y obra de los grandes pensadores occidentales cuyos aportes van desde la economía a la política, de la filosofía a la historia. Vargas Llosa señala explícitamente que ha dejado de lado otros pensadores importantes como Ludwig Von Mises o a Milton Friedman, y no menciona si quiera a Ayn Rand o Murray Rothbart, que son el bastión de las corrientes libertarias actuales. Mi impresión es que el escritor probablemente reconoce a estos autores como autores menores que no pasarán a la historia y cuya fama sería inmerecida – con la excepción de Milton Friedman, premio nobel de economía -.

A lo largo del libro el nobel nos muestra las características notables de estos grandes pensadores liberales y desarrolla un retrato no solo histórico, sino biográfico y político. Pero no solo reseña sus virtudes intelectuales, sino que en algunos casos hace un retrato del aspecto físico de los mismos, quizás porque, recordemos, el ensayista peruano es ante todo un novelista acostumbrado a dibujar y delinear sus personajes. Por ejemplo, refiere de Adam Smith que era poco agraciado físicamente, de Raymond Aron nos recuerda que era bajito y narizón, y de Sartre nos trae a la memoria la edad en la que se percató de su fealdad.

Continuaremos con esta reseña del libro en los siguientes artículos.


[1] Tanto Noam Chomsky como Carl Sagan estarían en total desacuerdo con Vargas Llosa sobre la relevancia positiva de estas autoridades.

[2] Para algunos liberales la justicia social no existe, existe el mercado y éste es el que establece qué es justo y qué no según la valoración de los ciudadanos.

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