El precio de la desigualdad

Posted :
24 de marzo de 2026
Posted :
Alberto Frydman

Joseph Stiglitz, obtuvo el premio nobel de economía en el año 2001 gracias a su estudio de la asimetría informativa entre vendedor y comprador, así como el papel que debería jugar la regulación en corregir dicha falla. Yo no lo conocía, no había leído ninguno de sus trabajos; los pocos conocimientos que había adquirido sobre el desarrollo de los países venían de otros autores, principalmente Amartya Sen, Jeffrey Sachs, Robinson y Acemoglu. Sólo había oído hablar Stiglitz por conferencias y charlas donde aparece junto a Naomi Klein, -a quien si conocía muy bien-, la famosa periodista canadiense. Las ideas que se explican en El precio de la desigualdad me ayudaron a entender los paralelos que existen entre el deterioro en las últimas décadas del nivel de vida americano y el peruano: crecimiento que no se traduce en bienestar generalizado, concentración de ingresos y poder, financiarización de la economía, captura del estado.

Las realidades incómodas que Stiglitz describe son las que observaba en el Perú, pero que no podía explicar o sustentar claramente. La primera impresión que me causó leerlo es que sus ideas están en las antípodas de las propuestas que Milton Friedman plantea en Libre para elegir y en Capitalismo y libertad. Los dos economistas se conocieron y conversaron sobre sus visiones de la economía. Stiglitz comenta una parte de ese intercambio de ideas: “Aunque sus estudios pioneros sobre los factores determinantes del consumo le valieron con toda justicia un Premio Nobel, su fe en el libre mercado se basaba más en una convicción ideológica que en el análisis económico”.

En El precio de la desigualdad se explica lo que pasa desapercibido; que los mercados no operan en el vacío sino bajo las reglas establecidas por el estado: sus leyes, normativas y las instituciones condicionan el funcionamiento del mercado. Teniendo eso presente, los grupos de poder utilizan subrepticiamente los vínculos políticos para ajustar las reglas a su favor, de tal manera que las regulaciones que deberían ser técnicas y de acuerdo a la constitución (normas sobre competencia, conflictos de interés, lobbies, quiebras, sindicatos, impuestos), son “amañadas”, aunque se muestran como imparciales en palabras de Stiglitz.

Hay varios aspectos sobre la desigualdad que se abordan en el libro: uno de ellos es que los derechos del capital se han sobrepuesto a los del trabajo y las personas. Es decir, se protege y beneficia más a las ganancias del capital – la ganancia de los accionistas que poseen ese capital – que a los mismos ciudadanos. En ese sentido, se pierde de vista que el capitalismo está hecho por y para mejorar su bienestar. Lo que sucede, nos explica el nobel, es que se sigue creyendo que el modelo del Trickle Down o economía del goteo nos ha beneficiado a todos, cuando en realidad esa teoría ya ha sido desacreditada. El modelo siempre ha vendido la idea de que todos ganan a través de la disminución de la pobreza, la movilidad social, la creación de puestos de trabajo productivos, y que todo ello genera desarrollo. Es importante recalcar que Stiglitz no impugna el sistema capitalista, sin embargo, denuncia que la forma específica de aplicarlo en Estados Unidos los ha llevado a vivir una vida de estrés, angustia, y desesperanza.

Otro concepto central de sus ideas es la creciente financiarización de la economía. La financiarización es el proceso en el que las finanzas dejan de ser un medio al servicio de la producción y el bienestar, y pasan a dominar la economía, la política y la distribución del ingreso. Las decisiones y prioridades se definen en función a los mercados financieros, y no a la producción, el empleo o la innovación productiva de tal manera que se produce una desviación de recursos de actividades productivas hacia actividades puramente financieras. Algunos de sus rasgos son la creación de derivados financieros (Warren Buffet las llamó “armas de destrucción masiva”), altos intereses, comisiones de todo tipo y la “captura” regulatoria de la reserva federal (el equivalente al BCRP). Es así que Stiglitz señala reiteradamente a la crisis del 2008 como un producto de la desregulación del sistema financiero, en la cual los bancos fueron rescatados con el dinero de los contribuyentes a pesar de sus propios errores y ambiciones.  A este fenómeno se le denomina privatizar las ganancias y socializar las pérdidas.

Stiglitz explica con claridad una serie de medidas para reducir las tasas de intereses efectivos que cobran los bancos: límites a tasas y cargos abusivos, más competencia, transparencia, protección al consumidor, y una política monetaria menos restrictiva (cuando una inflación muy baja perjudica la creación de empleo). Además de las tasas de interés abusivas, las políticas implementadas desde principios de los ochentas han permitido que las ganancias del sistema se multipliquen exponencialmente, mientras que en ese mismo lapso los salarios de los ciudadanos se vieron estancados o reducidos. Las cifras que muestra para probar sus afirmaciones son de dominio público, y realmente producen consternación.

El libro también saca a la luz el fenómeno de cooptación del estado a través de cabildeos o lobbies (grupos de interés como gremios, asociaciones, agrupaciones), y lo hace narrando la experiencia del autor con los mismos “mi experiencia en el gobierno me dice que quienes detentan posiciones de poder quieren creer que están haciendo lo correcto, que lo único que persiguen es el interés general. Pero sus convicciones son por lo menos lo suficientemente maleables como para dejarse convencer por los “intereses especiales” de que lo que ellos quieren es por el interés general, cuando, en realidad, lo creen por su propio interés”. Estas líneas apuntan a los intereses privados que mediante la propaganda se muestran como benefactores del interés general. Paradójicamente este párrafo lo podría haber escrito Milton Friedman, quien también denuncia esos mismos intereses especiales de sectores empresariales que evaden el libre mercado usando, en la sombra, sus conexiones con los reguladores. Más adelante en el libro Stiglitz va llamar a estas prácticas “corrupción a la americana”.

Una de las formas que toma la «corrupción a la americana» es la extracción de rentas (rent seeking); un mecanismo que produce, aparentemente, crecimiento económico, pero que en realidad genera pobreza y destruye valor. La búsqueda de rentas consiste en conseguir mayores ingresos no como recompensa a la creación de riqueza o a la innovación, sino a base de obtener una mayor parte de la riqueza ya existente, en otras palabras, canalizar recursos de los más pobres hacia los más ricos. Un ejemplo paradigmático al que alude reiteradamente Stiglitz corresponde a las prácticas de las tarjetas de crédito: una forma de generar rentas a raíz de la asimetría informativa que las caracteriza. En la asimetría de información una parte (el banco) tiene mayor y mejor información sobre el producto que la otra (el consumidor). La práctica de extracción de rentas también es un concepto central desarrollado en el libro Por qué fracasan los países, de los premios nobel Robinson y Acemoglu en el año 2024.

Todo ello, señala Stiglitz, nos ayuda a comprender que el juego de la economía estaría manipulado por los grupos de poder y los bancos mediante los mecanismos de lobbies, puertas giratorias y conflictos de intereses. Nos recuerda a su vez que en macroeconomía generalmente se habla de crecimiento, variables agregadas, sectores, exportaciones, PBI, pero rara vez se habla de la distribución de ese crecimiento. Y eso lo he constatado reiteradamente en estudios supuestamente imparciales y técnicos que se presentan en los medios de comunicación, redes sociales, y semanarios; estudios que se toman como verdades inamovibles y que rigen las políticas públicas. Se muestran datos agregados, sumatorias, promedios, índices, variables de austeridad, pero raramente se explica lo más importante: cómo se traducen esos números en el bienestar concreto de las personas. Lo que debería importar al final de cuentas es el poder adquisitivo de los ciudadanos, el nivel de desempleo y sub empleo, la calidad y cantidad de puestos de trabajo generada, la capacidad de acceso a servicios públicos, al recreo; en palabras simples el poder llevar una vida digna, no una vida de supervivencia. De la mano de ello el autor expone cómo los think tanks, las universidades y centros de investigación que elaboran dichos estudios son cuidadosamente financiados por corporaciones para influir en el debate de ideas, políticas públicas y opinión pública. En conclusión, nos dice, las políticas públicas se han privatizado.

Se puede definir a la ciencia economía cómo el estudio de la asignación de recursos escasos entre usos alternativos, para satisfacer necesidades y deseos humanos. Además de esta, he leído definiciones de autores famosos, y me sorprendió que en ninguna de ellas se usen las palabras “crecimiento” o “capital”. El crecimiento y el capital son medios para llegar al bienestar (aunque no son los únicos), pero no son fines en sí mismos.

Por ello en los países en los cuales existe tanta desigualdad y pobreza, el crecimiento del PBI per capita no nos dirá mucho acerca de lo que están viviendo los ciudadanos. Stiglitz demuestra que es un dato engañoso cuando existe tanta pobreza estructural. La medición correcta del bienestar es la mediana de los ingresos: la mediana mide la riqueza de los ciudadanos que están en medio y evita así la distorsión que genera medir el promedio. A la obsesión de medir el crecimiento mediante el PBI, Stiglitz lo llama el “fetichismo del PBI”. La mediana generalmente es mucho menor al PBI per cápita.

Una de las conclusiones crudas e incómodas del libro es que las grandes corporaciones moldean el sistema regulatorio y las reglas de juego a su favor en detrimento de los ciudadanos, haciendo un énfasis especial en el poder e influencia del sistema financiero en la economía. O mejor dicho como dice el viejo adagio, los bancos nunca pierden.

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