En la serie de televisión Libre para elegir de Milton Friedman que he reseñado en la columna anterior se describe genialmente el poder del mercado mediante el ejemplo de un lápiz, si, un lápiz. Ninguna persona en el mundo puede construir un lápiz por ella misma pues requiere la interacción y colaboración de miles de personas en todo el planeta, personas de diversas creencias, religiones y doctrinas políticas, gentes que nunca hablaron entre ellas y que inclusive se pueden odiar, pero que la fuerza del mercado y el incentivo de los precios alientan a colaborar para la construcción de ese producto técnico llamado lápiz. El grafito, la madera, el borrador, todos se hicieron en lugares diversos del mundo. ¿Quién dirigió ese intrincado proceso? Nadie. Esa es la magia del mercado. En él, los precios se establecen en transacciones voluntarias y reflejan el deseo de un consumidor por dicho bien o servicio (o mejor dicho “mercancía” como lo llamaría Marx), en ese sentido los precios permiten la cooperación informada cuando cada una busca su propio interés. En su frase más famosa Adam Smith señalaba que no es la benevolencia del panadero, del carnicero ni del cervecero lo que crea la riqueza, sino su egoísmo; el deseo de vender sus productos a terceros le permite obtener a cambio dinero, dinero que, a su vez, le servirá para obtener los productos que él necesite. Jhon Maynard Keynes, el gran economista del siglo 20, criticó esta afirmación argumentando que Smith partía de una suposición errónea: que el egoísmo de cada uno en el libre mercado produciría el mayor bien para el mayor número de personas.
En el libre mercado los precios transfieren información, dicen cuanto se está dispuesto a pagar por una mercancía y mandan esa señal, si el productor está dispuesto a producirla a dicho precio entonces se produce la transacción en el mercado. La diferencia estará en el talento y competitividad de los productores para atraer a la mayor cantidad de demandantes con el menor precio posible.
Los partícipes en un mercado libre deben tener acceso a la misma información, en otras palabras, no debe existir asimetría informativa ni información privilegiada. Esta describe una situación en la que una parte tiene más información que la otra sobre el producto a adquirir, lo que genera un desequilibrio en la toma de decisiones. La asimetría de información es un concepto fundamental que no es abordado por Friedman en su libro, quizás porque no fue un concepto estudiado en su época o porque no la reconocía como un problema (George Akerlof ganó el Nobel en 2001 por trabajos sobre información asimétrica). Además, y antes que todo, para que un mercado sea libre, todos deben tener la oportunidad de decidir si desean participar en él, por ejemplo, el decidir si ahorrar en un fondo de pensiones. En ese sentido en el Perú no existe el libre mercado de las pensiones, pues el monto del aporte, el número de años y la comisión que se paga son obligatorios e ineludibles.
Un punto resaltante y loable del economista norteamericano es la importancia que le otorga al azar a la hora de alcanzar éxito; el azar en la salud, en la herencia, en el capital social (tema estudiado por el famoso sociólogo Pierre Bourdieu), en los contactos, en el tiempo y lugar que hayamos nacido[1]. Sin embargo, en el mundo empresarial, este reconocimiento es inusual: la gran mayoría de ejecutivos exitosos y empresarios no son conscientes de la suerte que tuvieron para llegar al lugar donde están. Este pensamiento se ve reflejado en las redes sociales – sobre todo en LinkedIn – donde se considera en general que uno conseguiría lo que se propone sin tomar en cuenta las circunstancias que le tocaron vivir. Por supuesto Friedman también señala que una parte de los recursos que una persona pueda acumular o del éxito que pueda tener es producto de sus decisiones.
En todo mercado libre vive el riesgo implícito de los monopolios, sin embargo, para eliminarlos el nobel nos presenta una solución anti intuitiva: los creadores de los monopolios siempre están relacionados con la intervención estatal a través de aranceles, barreras de entrada, o de otro tipo; si estas regulaciones se eliminan el monopolio desaparecerá debido a la libre competencia y el libre comercio. Ya sea empresas o sindicatos, los gobiernos construyen y protegen esos monopolios a través de la regulación. En esa línea Friedman es implacable con las subvenciones y aranceles solicitados por los gremios o sectores productivos; explica que su interés particular no se correspondería con el interés del consumidor y por ello hay que eliminarlos. Para él toda política pública debe ser elaborada pensando en el consumidor antes que en el productor, y este último debe aceptar que no siempre las condiciones del mercado lo favorecerán dado que el sistema de libertad de empresa es un sistema de beneficios pero también de pérdidas. De esta manera toda iniciativa legal que incida en el funcionamiento del mercado debe ser ponderada en sus costos y beneficios pensando siempre en el consumidor, premisa de la cual se deriva la disciplina del análisis económico del derecho.
En el capítulo La tiranía de los controles escribe: “Una parte esencial de la libertad económica consiste en la facultad de escoger la manera en que vamos a utilizar nuestros ingresos: qué parte vamos a destinar para nuestros gastos y qué artículos vamos a comprar; que cantidad vamos a ahorrar y en qué forma”.
Friedman muestra la ineficacia de la planificación central en los países socialistas, algo que hoy puede parecer un lugar común, pero que él ya explicaba hace más de cuatro décadas. Para ilustrar su tesis recurre, entre otros ejemplos, al contraste entre el desarrollo de la Alemania Occidental y el de la Alemania Oriental. Al adentrarse en el terreno de la sociología y la historia, también cuestiona los sistemas feudales y de castas que pervivían en algunos países, como los vigentes en Japón hasta 1867 y en la India hasta 1947. Ambos intentaron desmantelarlos, pero Japón fue mucho más efectivo en ese proceso y es, claramente, el país que más se desarrolló.
Respecto a la libertad en general fuera del ámbito económico Friedman se opone a varios tipos de ayudas, tratos especiales como a la educación superior, a la ciencia, a las humanidades, así como a la coacción a pueblos religiosos para que paguen impuestos si no hacen uso de la seguridad social. La libertad es un todo e indivisible.
[1] El lugar que el azar juega en nuestro éxito está demostrado matemáticamente en un video en YouTube del canal Verisatum en español.


