Milton Friedman es un coloso del pensamiento económico y para algunos intelectuales fue el pensador económico más influyente del siglo 20 junto a Hayek y Keynes. Prácticamente toda la economía que se aplica en el mundo actual está fundamentada en sus razonamientos. Además, Friedman tenía el don de la divulgación y del convencimiento; sus conferencias son magnéticas y la serie de televisión que emitió en 1980 fue fundamental para expandir las bondades del libre mercado gracias a su sencillez para tratar temas absolutamente complejos. Al final de cada emisión se presentaba un debate de las ideas mostradas en dicho capítulo, en los cuales participaban intelectuales, empresarios, funcionarios del estado, todos ellos expertos en su campo.
El libro homónimo -escrito junto a su esposa Rose- también fue publicado en 1980 como complemento de la serie, lo que le permitió un análisis más sistemático y completo de los temas tocados en ella. La mayoría de capítulos son simples de entender para alguien que tiene conceptos básicos de economía, aunque al lector le puede costar entender las afirmaciones y demostraciones lógicas.
Una de las premisas a lo largo del libro es que las personas que nos gobiernan pueden tener las mejores intenciones, pero a menudo las políticas que resultan de ellas van a contramedida de lo que querían obtener inicialmente. Se lee en el prefacio: “Los mayores peligros para la libertad se esconden en la insidiosa usurpación que llevan a cabo hombres bienintencionados, pero celosos en exceso y de escasas luces”. La tesis que se repite una y otra vez en la mayoría de los capítulos consiste en que, en aras del bien común, el mercado puede actuar mejor que el estado. Así como esta, existen otras tesis que pueden sonar anti intuitivas, como por ejemplo que no se requiere un organismo que vele por la protección del consumidor o que los gremios son sociedades innecesarias.
El texto es racional e impenetrable como una roca, su pensamiento es como un objeto sólido, parejo, sin falla alguna, que no tiene forma de hacérsele daño, es una cadena de ideas impecable. Pero también tiene algunas partes ingeniosas que pueden hacer reír por lo ridículas que presenta a las intervenciones del estado.
En general es un libro orientado para un público interesado con la economía y la historia, excepto los capítulos sobre la inflación y la crisis del año 1929 que requieren una comprensión mayor de las dinámicas macroeconómicas, el resto de la obra es una confrontación constante desde diversos planos entre el estado y el sector privado, y de los riesgos del crecimiento del primero en contraposición con este último.
Libertad para elegir empieza rememorando los grandes tiempos de libertad en Estados Unidos, es decir el siglo 19 y las primeras décadas del siglo 20, a los padres de la constitución política Tomás Jefferson y los derechos inalienables; la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, así como a los grandes filósofos del liberalismo, como John Stuart Mill, y su gran obra Sobre la libertad. Para Friedman la libertad económica es un requisito fundamental para la libertad política, esta es una tesis que repetirá soslayadamente en todo el texto. Pero el lector no debe confundirse, Friedman no es un defensor del capitalismo salvaje ni del corporativismo, más bien los acusa de ser anti liberales y anti mercado. Llega a afirmar en la introducción que “la combinación de poder político y económico en las mismas manos es una fórmula segura para llegar a la tiranía”
En el Perú y Latinoamérica vemos el poder de los lobbies y el capitalismo de amigos casi desde la familia y el colegio; de hecho, Friedman los llama “vestigios de clase y de status”- refiriéndose al capital social que une a los políticos y las grandes empresas. Cuando las políticas públicas se hacen para favorecer a un grupo empresarial o una industria, la mano invisible de Adam Smith deja de serlo, para convertirse en la mano visible de la colusión y los intereses privados, pues ya no serían las fuerzas invisibles del mercado las que determinan cómo se moverá la oferta y demanda, sino las reglas de mercado elaboradas subrepticiamente para hacerle la vida más fácil a un grupo de interés en perjuicio de la sociedad. El estado debe ser un árbitro, no un jugador. Algo que me llamó la atención del libro es que no hace mención alguna al rol del periodismo de investigación para detectar y denunciar esos intereses particulares y oscuros al mismo tiempo.
Cuando los ciudadanos bienintencionados quieren gestar políticas desde el estado ocurriría el efecto contrario al de la mano invisible; “un individuo que sólo intenta ayudar al interés público alimentando la intervención pública es conducido por una mano invisible a alcanzar intereses privados que no formaban parte de sus intenciones”. ¿No es acaso esta una afirmación formidable y anti intuitiva? El rol principal del estado es salvaguardar la seguridad pública frente a enemigos externos e internos, y la seguridad jurídica para salvaguardar las relaciones entre nosotros mismos.
Yo no se si Friedman tiene razón en todo lo que dice, pero sin duda, todo lo que dice me ha hecho pensar.

