En esta tercera entrega de La llamada de la tribu de Vargas Llosa quisiera resumir algunas ideas que resonaron conmigo y, creo también, con el país. En este ensayo el escritor liberal nos confiesa que fueron Friedrich Hayek, Isaiah Berlin y Karl Popper los autores que más influyeron políticamente en su visión del mundo, siendo Hayek el que más se interesó por las libertades económicas, pero también el que menos por las políticas. Sus pensamientos moldearon la visión económica de un (no tan joven) Vargas Llosa, y a través de este último, se propuso una nueva forma de encarar los problemas económicos en el Perú de 1990.
Friedrich Hayek fue un pensador controversial, frontal, no solo por el planteamiento de sus ideas acerca del liberalismo económico, sino por ser un feroz adversario del socialismo que imperaba en el siglo XX. Llegó a afirmar que era preferible vivir con la libertad económica en la dictadura de Pinochet que, en la democracia de Allende, algo que Vargas Llosa cuestionó y recusó. En una conferencia realizada en Chile en mayo de 2018 (organizada por la Fundación Para el Progreso), se produjo un tenso y célebre intercambio entre Axel Kaiser -el entrevistador- y el nobel. El primero le pregunta al segundo: “Mario, ¿preferirías vivir en la dictadura de Pinochet en la cual había libertad económica o en la dictadura cubana actual? La respuesta ha sido célebre desde ese encuentro: “Esa pregunta no te la acepto. Las dictaduras son todas malas. Algunas pueden traer unos beneficios económicos a ciertos sectores, pero el precio que se paga por eso es un precio intolerable, inaceptable”.
Al describir el pensamiento de Hayek se concluye que era muy consciente de las prioridades que se deben establecer en una economía de mercado: “Las reglas de juego consensuadas deben privilegiar al consumidor sobre el productor, al productor sobre el burócrata, al individuo frente al estado, y al hombre vivo de aquí y ahora sobre la humanidad futura”. Esta última afirmación resuena, paradójicamente, con la de su gran rival de las ideas, John Maynard Keynes, el cual afirmó que en el largo plazo todos estaremos muertos.
Hayek hablaba de la fatal arrogancia como la idea de querer organizar, imponer el igualitarismo y uniformizar al todo social en una sola forma de vida. Y acá hago una digresión. No puedo dejar de pensar en la contradicción de las ideas de Hayek – que se aplican y promueven en todos los medios corporativos- con las políticas públicas totalitarias y mercantilistas que respaldan el Sistema Privado de Pensiones: todos aportamos obligadamente, el mismo porcentaje, por el mismo tiempo, nos jubilamos a la misma edad. Como señalé en un articulo anterior, en el Perú no importan las ideas sino el negocio y el poder, se nos deja libres en nuestras decisiones según se generen rentas. El gran negocio se come a la verdad podría decir Peter Drucker. Cercenar una parte del sueldo del trabajador mensualmente para hacer algo que él no quiere ni debe hacer -es decir aportar a un fondo por 45 años- constituye planificación económica y dirigismo, es decir, socialismo en palabras de Hayek. El autor austriaco mantenía la convicción de que la intervención estatal debe ser la mínima indispensable, solo con el fin de garantizar la seguridad y la coexistencia pacífica. Sin embargo, en la práctica los grupos de poder esperan que el estado intervenga cuando lo necesitan, no lo hacen abiertamente sino de manera subrepticia -esta es una tesis que explica muy bien Joseph Stiglitz-, en esa línea de ideas ¿qué fue el rescate a los bancos en el 2008 con el dinero de sus propias víctimas?, pues la mayor intervención del estado para salvar a los bancos en la historia occidental. Socialismo para los ricos, capitalismo para los pobres.
Si bien Vargas Llosa aplaude y fomenta las ideas de Hayek también es consciente que el capitalismo de libre mercado no funciona adecuadamente sin una sólida base moral; de la mano de ello la desigualdad solo debe ser resultado de las diferencias de talento y esfuerzo, y no resultar de privilegios ni de discriminación o injusticia. Nuevamente estas premisas están lejos de cumplirse en el Perú, país en el que el capital social heredado es el factor más determinante del éxito en cualquier ámbito.
Quiero resaltar que los gobiernos cooptados por los grupos de poder económicos – que a su vez son apoyados por think tanks que ellos mismos financian – promueven políticas neoliberales (que es muy distinto a políticas liberales) a las que se puede endilgar las mismas aseveraciones que realiza el pensador austriaco sobre los gobiernos totalitarios y socialistas: han tomado los medios de comunicación, las universidades, los planes pedagógicos, radios, televisión, la forma del trabajo y del ocio, y el lenguaje mismo con el que denominamos a las cosas. Es tan sutil esta forma de mostrar la realidad que ya es parte de la forma de pensar y del léxico con el cual vemos la realidad. El engaño y la ilusión están entronizados en el “sentido común” como ha explicado tan sabiamente Noam Chomsky[1]. Esta verdad oficial no puede ser cuestionada libremente por pensadores, periodistas o críticos sociales, dado el riesgo de que estos se conviertan en parias de la sociedad, negados a cátedras universitarias, apartados de trabajos en corporaciones, y censurados en los medios de comunicación financiados directa o indirectamente a través de la publicidad. Es algo que predijo premonitoriamente George Orwell en su novela 1984, con la diferencia que el poder no se encuentra en un “gran hermano”, sino -salvo excepciones- en un aparato corporativo y financiero cuyas influencias les permite mostrar una imagen amable y cercana “de responsabilidad social y de compromiso con el país”. Es el símil actual del complejo militar industrial que denunció el presidente Dwight D. Eisenhower en el año 1961.
Si bien no lo habría manifestado en declaraciones públicas o en alguna entrevista -al menos no que yo recuerde- el nobel peruano señala en su ensayo sobre Hayek que la justicia y el funcionamiento del mercado se han pervertido por tráficos e influencias que favorecen a determinadas empresas o particulares, gracias al poderío político o económico del que estas disponen. No obstante, la mención a dicho poder en las entrevistas, conferencias y coloquios que Vargas Llosa concedió, son un caso inusual en el escritor.
Aunque hay algo contradictorio (como todo en Vargas Llosa): varias de sus novelas contienen crítica social, pero su actuar público es más el de un hombre que está del lado del poder económico, el poder político y de los medios tradicionales. De hecho -aunque puede parecer un dato menor- lo reflejaba en su vestimenta formal de saco y corbata. Por ello, con todo el dolor de mi corazón, tengo dudas acerca de el otorgamiento de premios que habría recibido gracias a su cercanía a este establishment; es probable que si hubiera cuestionado ferozmente a la academia, al poder económico, al banco mundial, al FMI, no hubiera sido tan galardonado como lo fue, como lo sucedido con Borges. Todo ello, claro está, es una ucronía que me permito compartir.
Habiendo dicho esto, Friedrich August Von Hayek escribió que todo liberal es un agitador de consciencias, y sin ninguna duda Mario Vargas Llosa lo fue.

