Libertad de elegir y el estado de bienestar

Posted :
18 de abril de 2026
Posted :
Alberto Frydman

Existe una famosa frase que se presenta al describir un estado que es paternalista: la promesa de seguridad “desde la cuna a la tumba” o lo que modernamente se le conoce como estado de bienestar. En este capítulo de Libertad para elegir Friedman critica varios frentes del estado de bienestar en el que el estado protege al ciudadano: la seguridad social (beneficios de jubilación, incapacidad y sobrevivientes), la asistencia pública (vales de alimentos, ayudas a familias con hijos), las subvenciones a la vivienda y los cuidados médicos. Todos los programas, en palabras de Friedman, son bien intencionados aunque sus resultados decepcionantes, y yendo más lejos, son sinónimo de fraude y corrupción. Desde su punto de vista el estado de bienestar tal como está concebido -ya sea en una democracia, en una aristocracia o en estado socialista-protegería los intereses de la clase dominante y no el interés general como se pretende justificar su existencia.

En este capítulo Friedman desmenuza los pormenores de los programas que acompañan a un estado paternalista: la seguridad social, la asistencia pública, los programas de vivienda y de otros programas enmarcados que se producen a raíz de la intromisión del gobierno en los problemas de los ciudadanos. Y digo intromisión pues esa es la palabra que el nobel usa para describir a los programas de ayuda. Como todo en su libro sus pensamientos e ideas retan el sentido común.

En de la cuna a la tumba se hace mención caricaturesca a los eufemismos que se usan en la seguridad social, y que en sus palabras son dignos de Orwell, por ejemplo, usar el termino “contribuciones” para los pagos obligatorios a la seguridad social (lo obligatorio es voluntario)[1]. Una de las críticas más acertadas hacia los programas de seguridad social es que se necesita una burocracia enorme para mantenerlos, “un grupo de escogidos que conocen lo que es adecuado para los individuos mejor que estos mismos”. En el estado de bienestar se produce inevitablemente una multiplicidad de planes que se entrecruzan e incentivos mal alineados, con lo cual se crea irremediablemente una mayor carga impositiva a los pobres (lo que se denomina un impuesto regresivo). Friedman caracteriza a estas formas de ayuda estatales como un sistema de intereses no alineados en el cual los incentivos no están vinculados entre el dueño del dinero (el que paga los impuestos) y el destinatario del beneficio (el pobre que recibe la ayuda). En otras palabras, una burocracia elegida gasta el dinero que no es suyo -recaudado mediante impuestos- en programas que benefician a terceros que son supuestamente los más necesitados. Cuando Friedman escribió el libro a finales de los setentas los gastos en seguridad social constituían el ¡tercer presupuesto más grande del mundo!, luego del presupuesto total de Estados Unidos y el de la URSS. Eso nos brinda una idea de la descomunal magnitud de esos gastos.

Todo programa de ayuda hace que se atrofie la capacidad de los beneficiarios de ser independientes y tomar sus propias decisiones, además erosiona el tejido social debido a que el sistema genera separación entre las personas que reciben asistencia y las que la pagan. Entonces ¿Qué se debe hacer para proteger a los más desfavorecidos?

La principal acción para reemplazar al estado de bienestar es generar un impuesto negativo sobre la renta. A saber, las personas que ganan una cantidad menor a un umbral establecido reciben una transferencia directa del gobierno; de esta manera el incentivo principal del impuesto es que los individuos trabajen y ganen lo suficiente para poder mantenerse en vez de recibir subsidios. La idea es ingeniosa pues al generar esta transferencia directa de dinero se elimina toda la burocracia que está en medio, la cual absorbe gran parte del monto destinado a las ayudas. Pero para eliminar esta burocracia se requiere derribar intereses ideológicos, políticos y financieros; por un lado se piensa que las personas no son hábiles para saber usar su dinero y por otro existen muchos empleados públicos que viven del sistema actual y no querrán dejarlo. Romper esa inercia requiere una valentía política enorme.

Al referirse a los programas de ayuda social afirma que.. «es muy difícil lograr buenos objetivos mediante malos medios» y sostiene que existen vías mejores que el estado de bienestar tradicional. Su argumento no es eliminar completamente la ayuda a los necesitados, sino hacerlo de forma que preserve su libertad individual -permitiendo que las personas decidan sobre su propio dinero bajo responsabilidad personal -manteniendo incentivos para mejorar su situación, dignidad humana -evitando infantilizar a los beneficiarios- y eficiencia económica -gastar los recursos de manera efectiva sin incurrir en gastos administrativos innecesarios.

En conclusión la verdadera caridad y solidaridad se alcanzan mejor cuando se respeta la autonomía y la responsabilidad de las personas.


[1] Lo mismo sucede con términos del mundo corporativo actual como llamar “colaborador” al empleado o trabajador.

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